La luz del sol la alcanzó primero, cálida e intrusiva, colándose entre las cortinas e iluminando directamente el rostro de Gabriella. Gimió, apartando la mirada; la cabeza le palpitaba como un martillo lento. Tenía la boca seca y el cuerpo... el cuerpo se sentía extrañamente... ligero.
Demasiado ligero.
Parpadeó.
Entonces se quedó paralizada.
Estaba desnuda.
Envuelta solo en un edredón.
El corazón le latía con fuerza contra las costillas.
—¿Qué...? —susurró con la voz quebrada. Se incorporó de