El comedor olía a romero y pollo asado a fuego lento, una calidez hogareña y familiar que resultaba casi indecente. Gabriela estaba sentada frente a Rafael, con la postura deliberadamente relajada, los codos fuera de la mesa, mientras los sirvientes se movían como sombras silenciosas alrededor, rellenando los vasos de agua y fingiendo no escuchar.
Rafael la observaba con una sonrisa indulgente, propia de quienes disfrutan viendo cómo las cosas se desarrollan exactamente como las han planeado. D