La mañana avanzaba lentamente sobre la ciudad mientras un elegante automóvil negro recorría las amplias avenidas en dirección a una de las clínicas privadas más prestigiosas del país. En el asiento trasero viajaban Margaret King y Vanesa Moore, completamente distintas la una de la otra. Margaret conservaba aquella postura impecable que siempre la caracterizaba; sus manos descansaban sobre el bolso de cuero fino que llevaba sobre las piernas y una discreta sonrisa aparecía cada cierto tiempo en