Divorciada del CEO Arrepentido

Divorciada del CEO ArrepentidoES

Romance
Última actualización: 2026-08-15
K_Ellyane_B  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Evelyn Carter renunció a sus sueños por amor a Alexander Blackwood, el esposo que nunca supo mirarla. Durante tres años soportó un matrimonio frío, humillaciones silenciosas y la sombra constante de Scarlett, su hermana gemela menor, enferma de leucemia y protegida por todos como si fuera intocable. Pero Evelyn abrió los ojos cuando descubrió que Alexander planeaba usar la sangre del cordón umbilical de Aurora, su hijo recién nacido, para salvar a Scarlett. Ese día dejó de ser la esposa obediente. Pidió el divorcio, tomó a su hijo en brazos y decidió recuperar la carrera que había abandonado. Mientras Evelyn empieza a brillar lejos de los Blackwood, Alexander comprende demasiado tarde que perdió a la única mujer que lo amó de verdad. Ahora él quiere recuperarla. Pero Evelyn ya no vive de migajas, y si Alexander quiere volver a su corazón, tendrá que pagar por cada vez que eligió a otra mujer antes que a su esposa.

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Capítulo 1

1.

El primer llanto de Aurora fue tan débil que Evelyn creyó haberlo imaginado. Abrió los ojos con esfuerzo, cegada por las luces blancas de la sala de partos y por el cansancio que le atravesaba todo el cuerpo. Sentía la garganta seca, las piernas pesadas y un dolor profundo que todavía no terminaba, pero en cuanto escuchó aquel sonido pequeño dejó de pensar en sí misma.

—Felicidades, señora Blackwood —dijo la doctora con una sonrisa—. Es una niña.

Las lágrimas le llenaron los ojos. La enfermera acercó a la bebé apenas unos segundos antes de llevársela para revisarla. Era diminuta, rojiza, con los puños cerrados y una expresión seria que hizo sonreír a Evelyn a pesar del agotamiento. Durante meses había imaginado ese instante. También había imaginado a Alexander entrando en la sala, mirando a su hija y, aunque fuera por una vez, mirándola a ella como a su esposa.

Cuando la sacaron de la sala de partos, buscó su rostro entre las personas que esperaban en el pasillo. Lo encontró enseguida. Alexander Blackwood estaba de pie junto a la puerta, impecable a pesar de las horas de espera, con la corbata floja y una expresión tensa. Evelyn sintió una esperanza absurda. Había venido. Tal vez sí le importaba que estuvieran bien.

La esperanza duró apenas unos segundos.

Alexander se acercó, pero sus ojos no se detuvieron en Evelyn ni en la recién nacida. Miró directamente al médico que caminaba junto a la camilla.

—Hagan cuanto antes la prueba de compatibilidad de la sangre del cordón umbilical con Scarlett. Quiero los resultados lo más rápido posible.

Evelyn quedó inmóvil. Entonces vio a su hermana. Scarlett Carter estaba a pocos pasos de él, pálida, envuelta en un abrigo claro, y Alexander le sostenía la mano con una firmeza que no había usado ni siquiera para acercarse a su propia hija.

—¿Qué prueba exactamente? —preguntó Evelyn. Su voz salió débil, pero no retiró la mirada del médico—. Quiero que me expliquen qué van a analizar y qué decisiones podrían tomar después.

Alexander frunció el ceño.

—Ahora no estás en condiciones de discutir asuntos médicos.

—Precisamente porque acabo de dar a luz quiero saber qué pretenden hacer con la sangre del cordón de mi hija.

El médico intervino con cautela. Explicó que, en ese momento, únicamente realizarían estudios de compatibilidad con la muestra obtenida después del nacimiento y que cualquier uso posterior requeriría evaluaciones adicionales. Evelyn asintió lentamente.

—Entonces hagan la prueba. Pero nadie autoriza ningún tratamiento sin explicármelo antes.

Alexander la miró como si su reacción fuera innecesaria.

—Scarlett lleva años luchando contra la leucemia. No conviertas esto en otra razón para competir con ella.

La frase le dolió más que el cansancio del parto. Evelyn quiso responder, pero Scarlett se adelantó con su tono dulce.

—No discutan por mí. Evelyn acaba de tener a su bebé. De verdad estoy agradecida. Si somos compatibles, quizá Aurora también haya llegado para darme una oportunidad de seguir viviendo.

Aurora. Scarlett ya había pronunciado el nombre que Evelyn llevaba meses guardando, como si aquella niña formara parte de sus planes antes siquiera de conocerla.

—Mi hija no llegó al mundo para salvar a nadie —respondió Evelyn con calma—. Llegó para vivir su propia vida.

Scarlett bajó los ojos. Alexander soltó la mano de su hermana solo para cruzar los brazos.

—Nadie ha dicho lo contrario.

Evelyn respiró con dificultad. No quería llorar delante de ellos, pero su cuerpo estaba demasiado agotado para obedecerla.

—Mírala, Alexander —pidió—. Aunque sea una vez.

La enfermera acercó a la recién nacida. Alexander bajó la vista. Durante un instante observó el rostro pequeño de Aurora, sus ojos cerrados y la boca diminuta. Pareció no saber qué hacer. No sonrió, no intentó tocarla y tampoco preguntó si estaba sana.

Scarlett soltó un gemido suave.

Alexander giró de inmediato hacia ella.

—¿Te sientes mal?

—Solo estoy un poco mareada.

Toda su atención volvió a Scarlett. Evelyn cerró los ojos mientras la camilla empezaba a avanzar. Aquel gesto le dio una respuesta que llevaba años evitando.

Durante los tres años de matrimonio había intentado convencerse de que Alexander no era cariñoso con nadie, que su frialdad era parte de su carácter y que con el tiempo aprendería a quererla. Ahora acababa de verlo mirar a Scarlett con preocupación mientras ella seguía temblando después del parto. No era incapaz de cuidar. Solo elegía a quién cuidar.

Las familias Carter y Blackwood habían planeado aquel matrimonio mucho antes de que Evelyn pudiera decidir nada. Alexander debía casarse con una de las hijas Carter para asegurar su posición como heredero. Todo indicaba que sería Scarlett, la mujer a la que él había querido desde joven, hasta que su leucemia empeoró y tuvo que viajar al extranjero para recibir tratamiento.

Entonces Evelyn ocupó el lugar vacío.

Lo hizo sabiendo que Alexander no la amaba, pero creyendo que podía ganarse un espacio a su lado. Había confundido paciencia con esperanza y costumbre con progreso. Después de una noche de alcohol, la única en que terminaron juntos como marido y mujer, quedó embarazada. Alexander se mostró más atento desde que conoció la noticia. Controló citas médicas, revisó referencias para contratar una niñera y preguntó por cada estudio del embarazo. Evelyn creyó que Aurora estaba derribando poco a poco la pared entre ellos.

Ahora sabía que buena parte de aquella atención tenía otro nombre.

Sin embargo, no todo lo que había sido durante esos años pertenecía a Alexander. Había una parte de sí misma que nunca consiguió entregarle, aunque él ni siquiera supiera que existía.

Tres meses antes del parto, Evelyn había estado sentada frente al computador con unos audífonos puestos, siguiendo la transmisión de una importante cumbre internacional. Sobre la mesa tenía un cuaderno lleno de símbolos, abreviaturas y frases en dos idiomas. Practicaba interpretación simultánea mientras una diplomática hablaba sobre comercio exterior.

Alexander entró sin avisar. Evelyn, por costumbre, minimizó la pantalla.

Él vio las notas y levantó una ceja.

—¿Qué es todo eso?

—Estoy practicando.

Alexander hojeó una de las páginas sin comprender los símbolos.

—¿Educación prenatal? ¿Piensas convertir a la niña en una futura Dama de Hierro antes de que nazca?

Evelyn intentó explicarle que eran notas de interpretación, pero él ya había dejado el cuaderno sobre la mesa.

—No necesitas aprender discursos para impresionar a nadie en las cenas. La mayoría de esas personas olvidan lo que dijiste cinco minutos después.

Salió de la habitación sin preguntar qué cumbre veía, qué idioma practicaba o por qué aquello podía importarle. Evelyn volvió a ponerse los audífonos. En la universidad había sido una de las estudiantes más fuertes de interpretación oral. Después de casarse dejó de perseguir una carrera formal, pero nunca abandonó del todo ese mundo. Escuchaba conferencias, traducía artículos, practicaba cuando podía y aceptaba de vez en cuando pequeños encargos desde casa. Era el único espacio donde seguía sintiéndose completamente ella.

Alexander nunca lo supo porque nunca preguntó.

Cuando llegaron a la habitación, una enfermera acomodó a Aurora junto a ella. Evelyn la tomó con cuidado y sintió que todo lo demás perdía importancia. La niña respiraba tranquila, ajena a los acuerdos familiares, la herencia Blackwood y la enfermedad de Scarlett.

—Aurora —susurró Evelyn, acariciándole la mejilla—. Ese será tu nombre.

Pensó en Alexander, en Scarlett y en los años que había gastado tratando de convertirse en una esposa que mereciera ser elegida. No sabía todavía qué haría con su matrimonio. Estaba demasiado cansada incluso para imaginar el día siguiente. Pero sí sabía algo.

No permitiría que su hija creciera viendo a su madre desaparecer por alguien más.

Evelyn apoyó la frente contra la de Aurora y cerró los ojos.

A partir de ese momento dejaría de preguntarse qué debía hacer para que Alexander la quisiera. Empezaría, aunque fuera muy despacio, a recordar qué cosas quería ella para sí misma y para su hija.

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