Mundo ficciónIniciar sesiónEvelyn Carter renunció a sus sueños por amor a Alexander Blackwood, el esposo que nunca supo mirarla. Durante tres años soportó un matrimonio frío, humillaciones silenciosas y la sombra constante de Scarlett, su hermana gemela menor, enferma de leucemia y protegida por todos como si fuera intocable. Pero Evelyn abrió los ojos cuando descubrió que Alexander planeaba usar la sangre del cordón umbilical de Aurora, su hijo recién nacido, para salvar a Scarlett. Ese día dejó de ser la esposa obediente. Pidió el divorcio, tomó a su hijo en brazos y decidió recuperar la carrera que había abandonado. Mientras Evelyn empieza a brillar lejos de los Blackwood, Alexander comprende demasiado tarde que perdió a la única mujer que lo amó de verdad. Ahora él quiere recuperarla. Pero Evelyn ya no vive de migajas, y si Alexander quiere volver a su corazón, tendrá que pagar por cada vez que eligió a otra mujer antes que a su esposa.
Leer másEl primer llanto de Aurora fue tan débil que Evelyn creyó haberlo imaginado. Abrió los ojos con esfuerzo, cegada por las luces blancas de la sala de partos y por el cansancio que le atravesaba todo el cuerpo. Sentía la garganta seca, las piernas pesadas y un dolor profundo que todavía no terminaba, pero en cuanto escuchó aquel sonido pequeño dejó de pensar en sí misma.
—Felicidades, señora Blackwood —dijo la doctora con una sonrisa—. Es una niña.
Las lágrimas le llenaron los ojos. La enfermera acercó a la bebé apenas unos segundos antes de llevársela para revisarla. Era diminuta, rojiza, con los puños cerrados y una expresión seria que hizo sonreír a Evelyn a pesar del agotamiento. Durante meses había imaginado ese instante. También había imaginado a Alexander entrando en la sala, mirando a su hija y, aunque fuera por una vez, mirándola a ella como a su esposa.
Cuando la sacaron de la sala de partos, buscó su rostro entre las personas que esperaban en el pasillo. Lo encontró enseguida. Alexander Blackwood estaba de pie junto a la puerta, impecable a pesar de las horas de espera, con la corbata floja y una expresión tensa. Evelyn sintió una esperanza absurda. Había venido. Tal vez sí le importaba que estuvieran bien.
La esperanza duró apenas unos segundos.
Alexander se acercó, pero sus ojos no se detuvieron en Evelyn ni en la recién nacida. Miró directamente al médico que caminaba junto a la camilla.
—Hagan cuanto antes la prueba de compatibilidad de la sangre del cordón umbilical con Scarlett. Quiero los resultados lo más rápido posible.
Evelyn quedó inmóvil. Entonces vio a su hermana. Scarlett Carter estaba a pocos pasos de él, pálida, envuelta en un abrigo claro, y Alexander le sostenía la mano con una firmeza que no había usado ni siquiera para acercarse a su propia hija.
—¿Qué prueba exactamente? —preguntó Evelyn. Su voz salió débil, pero no retiró la mirada del médico—. Quiero que me expliquen qué van a analizar y qué decisiones podrían tomar después.
Alexander frunció el ceño.
—Ahora no estás en condiciones de discutir asuntos médicos.
—Precisamente porque acabo de dar a luz quiero saber qué pretenden hacer con la sangre del cordón de mi hija.
El médico intervino con cautela. Explicó que, en ese momento, únicamente realizarían estudios de compatibilidad con la muestra obtenida después del nacimiento y que cualquier uso posterior requeriría evaluaciones adicionales. Evelyn asintió lentamente.
—Entonces hagan la prueba. Pero nadie autoriza ningún tratamiento sin explicármelo antes.
Alexander la miró como si su reacción fuera innecesaria.
—Scarlett lleva años luchando contra la leucemia. No conviertas esto en otra razón para competir con ella.
La frase le dolió más que el cansancio del parto. Evelyn quiso responder, pero Scarlett se adelantó con su tono dulce.
—No discutan por mí. Evelyn acaba de tener a su bebé. De verdad estoy agradecida. Si somos compatibles, quizá Aurora también haya llegado para darme una oportunidad de seguir viviendo.
Aurora. Scarlett ya había pronunciado el nombre que Evelyn llevaba meses guardando, como si aquella niña formara parte de sus planes antes siquiera de conocerla.
—Mi hija no llegó al mundo para salvar a nadie —respondió Evelyn con calma—. Llegó para vivir su propia vida.
Scarlett bajó los ojos. Alexander soltó la mano de su hermana solo para cruzar los brazos.
—Nadie ha dicho lo contrario.
Evelyn respiró con dificultad. No quería llorar delante de ellos, pero su cuerpo estaba demasiado agotado para obedecerla.
—Mírala, Alexander —pidió—. Aunque sea una vez.
La enfermera acercó a la recién nacida. Alexander bajó la vista. Durante un instante observó el rostro pequeño de Aurora, sus ojos cerrados y la boca diminuta. Pareció no saber qué hacer. No sonrió, no intentó tocarla y tampoco preguntó si estaba sana.
Scarlett soltó un gemido suave.
Alexander giró de inmediato hacia ella.
—¿Te sientes mal?
—Solo estoy un poco mareada.
Toda su atención volvió a Scarlett. Evelyn cerró los ojos mientras la camilla empezaba a avanzar. Aquel gesto le dio una respuesta que llevaba años evitando.
Durante los tres años de matrimonio había intentado convencerse de que Alexander no era cariñoso con nadie, que su frialdad era parte de su carácter y que con el tiempo aprendería a quererla. Ahora acababa de verlo mirar a Scarlett con preocupación mientras ella seguía temblando después del parto. No era incapaz de cuidar. Solo elegía a quién cuidar.
Las familias Carter y Blackwood habían planeado aquel matrimonio mucho antes de que Evelyn pudiera decidir nada. Alexander debía casarse con una de las hijas Carter para asegurar su posición como heredero. Todo indicaba que sería Scarlett, la mujer a la que él había querido desde joven, hasta que su leucemia empeoró y tuvo que viajar al extranjero para recibir tratamiento.
Entonces Evelyn ocupó el lugar vacío.
Lo hizo sabiendo que Alexander no la amaba, pero creyendo que podía ganarse un espacio a su lado. Había confundido paciencia con esperanza y costumbre con progreso. Después de una noche de alcohol, la única en que terminaron juntos como marido y mujer, quedó embarazada. Alexander se mostró más atento desde que conoció la noticia. Controló citas médicas, revisó referencias para contratar una niñera y preguntó por cada estudio del embarazo. Evelyn creyó que Aurora estaba derribando poco a poco la pared entre ellos.
Ahora sabía que buena parte de aquella atención tenía otro nombre.
Sin embargo, no todo lo que había sido durante esos años pertenecía a Alexander. Había una parte de sí misma que nunca consiguió entregarle, aunque él ni siquiera supiera que existía.
Tres meses antes del parto, Evelyn había estado sentada frente al computador con unos audífonos puestos, siguiendo la transmisión de una importante cumbre internacional. Sobre la mesa tenía un cuaderno lleno de símbolos, abreviaturas y frases en dos idiomas. Practicaba interpretación simultánea mientras una diplomática hablaba sobre comercio exterior.
Alexander entró sin avisar. Evelyn, por costumbre, minimizó la pantalla.
Él vio las notas y levantó una ceja.
—¿Qué es todo eso?
—Estoy practicando.
Alexander hojeó una de las páginas sin comprender los símbolos.
—¿Educación prenatal? ¿Piensas convertir a la niña en una futura Dama de Hierro antes de que nazca?
Evelyn intentó explicarle que eran notas de interpretación, pero él ya había dejado el cuaderno sobre la mesa.
—No necesitas aprender discursos para impresionar a nadie en las cenas. La mayoría de esas personas olvidan lo que dijiste cinco minutos después.
Salió de la habitación sin preguntar qué cumbre veía, qué idioma practicaba o por qué aquello podía importarle. Evelyn volvió a ponerse los audífonos. En la universidad había sido una de las estudiantes más fuertes de interpretación oral. Después de casarse dejó de perseguir una carrera formal, pero nunca abandonó del todo ese mundo. Escuchaba conferencias, traducía artículos, practicaba cuando podía y aceptaba de vez en cuando pequeños encargos desde casa. Era el único espacio donde seguía sintiéndose completamente ella.
Alexander nunca lo supo porque nunca preguntó.
Cuando llegaron a la habitación, una enfermera acomodó a Aurora junto a ella. Evelyn la tomó con cuidado y sintió que todo lo demás perdía importancia. La niña respiraba tranquila, ajena a los acuerdos familiares, la herencia Blackwood y la enfermedad de Scarlett.
—Aurora —susurró Evelyn, acariciándole la mejilla—. Ese será tu nombre.
Pensó en Alexander, en Scarlett y en los años que había gastado tratando de convertirse en una esposa que mereciera ser elegida. No sabía todavía qué haría con su matrimonio. Estaba demasiado cansada incluso para imaginar el día siguiente. Pero sí sabía algo.
No permitiría que su hija creciera viendo a su madre desaparecer por alguien más.
Evelyn apoyó la frente contra la de Aurora y cerró los ojos.
A partir de ese momento dejaría de preguntarse qué debía hacer para que Alexander la quisiera. Empezaría, aunque fuera muy despacio, a recordar qué cosas quería ella para sí misma y para su hija.
Chloe llevó a Evelyn al aeropuerto antes de que amaneciera por completo. La despedida de Aurora había sido más difícil de lo que esperaba. Besó a la niña varias veces mientras dormía y terminó saliendo del apartamento solo cuando Chloe amenazó con llevarla arrastrada para que no perdiera el vuelo.Durante el trayecto, Evelyn miró el teléfono continuamente.—Va a estar bien —repitió Chloe—. Martha vendrá más tarde. Te enviaré fotos, videos y, si quieres, un informe escrito con horario y firma.Evelyn rio, aunque tenía los ojos húmedos.—Solo llámame si notas cualquier cosa extraña.—Lo haré. Ahora ve a trabajar.En el aeropuerto, Evelyn llegó con anticipación al punto de encuentro indicado. Poco a poco aparecieron los demás integrantes del equipo. Liam sería el líder de la inspección. Lo acompañaban dos asistentes principales: Thomas Reid, responsable financiero, y Julia Monroe, encargada de operaciones internacionales. También viajaban varios asistentes administrativos y técnicos.Eve
El viernes, Alexander salió temprano. Evelyn escuchó la maleta rodar por el pasillo mientras terminaba de cambiar a Aurora. Él apareció en la puerta antes de marcharse.—Volveré en unos días.—Bien.—Te llamaré.Evelyn no prometió estar disponible. Alexander miró una pequeña maleta junto al armario, pero pareció asumir que contenía cosas de Aurora.—Cuida a la niña.—Siempre lo hago.Poco después el coche abandonó la mansión. Evelyn esperó unos minutos y llamó a Chloe.—Ya se fue. Puedes venir.Su amiga llegó media hora después con una expresión enfadada.—Antes de que salgamos, necesito decirte algo porque si no reviento. Acabo de ver a Alexander y Scarlett en la avenida. Estaban demasiado cerca. Él le acomodaba el abrigo como si la mujer fuera incapaz de mover los brazos.Evelyn siguió cerrando una bolsa de Aurora.—Que hagan lo que quieran.Chloe se quedó mirándola.—¿No vas a enfadarte?—Tengo una inspección, un contrato nuevo, documentos que estudiar y una hija que voy a dejar po
La llamada llegó al día siguiente, poco después de que Evelyn terminara de alimentar a Aurora. Había mantenido el teléfono cerca desde la mañana y, al ver el número de la empresa, sintió que el corazón se le aceleraba.—¿Hablo con Evelyn Carter?—Sí.—Le llamamos para informarle que ha sido seleccionada como intérprete acompañante.Durante un segundo se quedó sin palabras. Después miró a Aurora, que descansaba en sus brazos, y una sonrisa enorme apareció en su rostro.—Muchas gracias. Confirmo mi interés.La encargada explicó que el primer trabajo sería una inspección fuera de la ciudad. El equipo partiría durante el fin de semana. Liam viajaría como representante principal, junto con varios ejecutivos y asistentes, y habría otra intérprete para repartir los turnos.La información tranquilizó a Evelyn. No era un puesto diseñado alrededor de ella ni una excusa para viajar sola con Liam. Formaría parte de un equipo con funciones claras.Cuando terminó la llamada, levantó a Aurora con cu
Evelyn tardó varios segundos en recuperar el aliento. Alexander estaba al volante, con el rostro rígido y una mano todavía cerca de su brazo. Afuera, Liam avanzó hacia el automóvil y golpeó la ventanilla.—¿Qué demonios haces? —exigió Evelyn.Alexander activó el seguro y arrancó.—Eso debería preguntarte yo.—¡Detén el coche! Mis documentos quedaron en la calle.—Bennett puede recogerlos.Evelyn se giró hacia él, indignada.—No tienes derecho a meterme a un coche por la fuerza.—Todavía eres mi esposa.—Y ya te dije que quiero dejar de serlo. Eso tampoco te convierte en mi dueño.Alexander apretó el volante.—Te vi salir de un restaurante con Liam Bennett. Solos.—¿Y?—Quiero saber qué relación tienes con él.Evelyn soltó una risa sin humor.—¿Qué relación tienes tú con Scarlett?—No cambies el tema.—No lo cambio. La misma relación que dices tener tú con ella es la que tengo yo con Liam: amistad y asuntos profesionales.Alexander giró hacia ella un segundo.—¿Asuntos profesionales?E





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