La sala de operaciones permanecía sumida en una tensión casi insoportable mientras las luces quirúrgicas iluminaban el cuerpo inmóvil de Damian Müller. Afuera, detrás de las puertas de seguridad, varios hombres permanecían apostados sin apartarse un solo instante, mientras otros vigilaban los accesos de aquella clínica privada en Tokio que había sido convertida prácticamente en una fortaleza desde el momento en que el Heredero llegó herido. Nadie entraba sin autorización, nadie salía sin ser re