Elena permaneció inmóvil durante varios segundos después de que Lily saliera corriendo entre sollozos, su pecho dolía, no por el corte en su dedo, sino por algo mucho más profundo, la manera en que su propia hija había apartado su mano… como si su contacto fuera molesto, como si la rechazara, el silencio en el pasillo se volvió insoportable. Sebastian se incorporó lentamente, observando la dirección en la que Lily había desaparecido. Luego giró hacia Elena. Sus ojos oscuros se detuvieron en su rostro y, por primera vez en toda la mañana, pareció notar el verdadero estado en el que ella estaba, pálida, con los ojos brillantes, a punto de romperse. —Ven conmigo —dijo finalmente, su voz era baja, firme. No sonaba como una orden, pero tampoco dejaba espacio para negarse Elena no respondió. Sebastian se acercó y, con una suavidad que la desarmó, tomó su mano herida, ella se estremeció. No sabía si por el dolor del corte… o por el calor de sus dedos. La condujo hasta una pequeña sala pri
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