El Pent-house estaba en silencio, demasiado. La noche se había instalado con una calma que no lograba ser reconfortante, como si incluso el aire supiera que algo no estaba bien. Helen permanecía sentada en el borde de la cama. Aún con el vestido puesto. Aún con el maquillaje intacto. Aún con esa sensación incómoda en el pecho que no lograba disipar. El reloj marcaba el paso del tiempo con una precisión cruel. Cada segundo. Era un recordatorio de la espera, del vacío. De la ausencia. Entonce su