Déjame ir a mi.
La habitación del hospital estaba envuelta en una calma engañosa el sonido constante del monitor marcaba el ritmo de una vida estable… pero no tranquila. Alexander permanecía de pie junto a la cama, inmóvil, observando. Ailen no se había movido desde que él entró, pero sus lágrimas, no habían cesado, deslizándose silenciosas por sus mejillas pálidas, como si cada una llevara consigo una historia que no había sido dicha en voz alta.
Alexander frunció ligeramente el ceño, esa imagen, no encajaba.