El sol apenas se filtraba entre los edificios cuando la puerta de la oficina se abrió con un golpe suave. Nidia entró con pasos medidos, sosteniendo una taza de porcelana blanca de la que aún escapaba un delicado hilo de vapor.
—Señora Helen —dijo con una sonrisa profesional—, le traje chocolate caliente. Como cada jueves.
Helen levantó la vista de los documentos.
Durante años, el chocolate había sido su pequeño ritual. Un gusto íntimo, constante, inamovible. Un placer simple en medio de