—Búscala.
La voz de Nidia no tembló.
Helen levantó la mirada lentamente.
—¿Buscar qué exactamente?
—La verdad.
El salón privado del hotel estaba en penumbra. Las lámparas de papel proyectaban sombras suaves sobre la madera oscura. Afuera, el viento movía los bambúes con un murmullo constante.
Helen suspiró.
—¿Y si no me gusta lo que encuentro?
Nidia entrelazó los dedos con calma.
—La ignorancia duele menos… pero corroe más.
Helen la observó en silencio.
Había algo en Nidia que siempr