El jardín de piedras estaba en silencio.
El agua del pequeño estanque se deslizaba con suavidad bajo el puente curvo de madera roja. Las hojas del arce japonés se mecían como si susurraran secretos antiguos.
Helen sostenía una taza de té verde entre las manos. El vapor subía en espirales delicadas.
Al otro lado de la mesa baja, Nidia la observaba con una calma inquietante.
—El té se enfría cuando la mente se agita —dijo Nidia, rompiendo el silencio.
Helen levantó la mirada.
—No sabí