La noche había caído como una tinta suave sobre la ciudad.
Helen salió del hotel. Necesitaba caminar.
Necesitaba que el viento despejara su mente.
Las farolas de papel iluminaban la acera con una luz cálida. A lo lejos, el sonido de una flauta tradicional coreana se mezclaba con el murmullo de conversaciones lejanas y el chisporroteo de puestos de comida nocturna.
El aire olía a jazmín y a mar.
Helen se envolvió mejor en su abrigo.
—Solo un paseo —murmuró—. Solo eso.
Caminó por una