Nuestra abuela

La habitación seguía en calma, pero ya no era la misma calma vacía de antes. Era una calma distinta, viva, cargada de suspiros contenidos, de miradas que por fin encontraban su lugar.

Abigail seguía recostada en la cama del hospital, con los monitores aún acompañando su respiración, pero su mirada ya no estaba perdida. Ahora observaba. Procesaba. Sentía.

Helen permanecía sentada a su lado, sosteniendo su mano como si ese contacto fuera la única forma de asegurarse de que todo aquello era real
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