No iba a perderlos

El silencio en la oficina de Helen no era un silencio común. Era uno denso, pesado, casi irrespirable. Como si las paredes mismas hubieran decidido contener el aliento ante la magnitud de lo que acababa de revelarse, el informe seguía abierto sobre su escritorio. Las hojas ligeramente arrugadas por la presión de sus dedos temblorosos. Helen no se movía, no podía, sus ojos, abiertos de par en par, permanecían clavados en aquellas palabras que habían destrozado su realidad y reconstruido otra com
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