El aire dentro de la habitación del hospital era demasiado limpio. Demasiado tranquilo, demasiado falso. Ailen West permanecía recostada sobre la cama, con la mirada fija en el techo blanco, mientras sus dedos jugaban lentamente con la sábana, deslizándola entre sus manos con una calma que no correspondía en absoluto con el torbellino que habitaba en su interior, sus labios, ligeramente curvados, dibujaban una sonrisa casi imperceptible, no era felicidad, era algo más oscuro, algo más calculado