CELOS

—¡A mí no me importa nada de eso! —sollozó—. Podría vivir debajo de un puente si fuera contigo… pero ya no sé cuánto tiempo más puedo soportar esto, Alexander. Ya no puedo.

Se cubrió el rostro con las manos, dejándose caer sobre el sofá de diseño italiano, como si el peso del dolor la aplastara. Sus palabras sonaban sinceras, desgarradoras… aunque en el fondo no lo eran del todo.

Porque Ailén adoraba el dinero, los vestidos, las joyas que Alexander le regalaba sin reparo. Amaba el lujo, la vida cómoda, la altura desde la que miraba al mundo.

Lo que no podía soportar —eso sí era verdad— era que Helen siguiera siendo la esposa legítima. Que ante los ojos de todos, Helen ocupara el lugar que Ailén deseaba con desesperación.

 Que ella no fuera más que una amiga, una sombra elegante en un pent-house de ensueño que, por muy alto que estuviera, seguía siendo una jaula.

Y mientras afuera los Alpes permanecían inmóviles, eternos e indiferentes, dentro de aquel pent-house el amor, el poder y la ambición chocaban en silencio.

— Señora Lacrontte — Nidia se adentra en la oficina — Ya he mudado los horarios de las reuniones previstas para esta tarde. ¿Quiere que la lleve el chofer o va usted por su propia cuenta al restaurante en donde se realizará el almuerzo con el señor Jonathan Miller.

— Dile a Francis que se preparé el vehículo, no me siento muy efectiva para conducir.

— Por supuesto señora — la asistente vuelve a salir, Helen revisa los correos encontrando la ubicación del Pent-house, una mueca se refleja en su rostro.

“Esto es un calvario” El dolor de cabeza regresa obligándola a realizar pequeños masajes. Posteriormente ella se coloca de píe y abandona la instalación Empresarial.

Una hora más tarde. Alexander cruzó las puertas de la empresa como si el edificio le perteneciera… porque, en esencia, así era. El mármol pulido del lobby reflejó su silueta rígida, impecable, pero había algo distinto en él aquella mañana: una furia contenida, afilada, lista para desatarse.

Se dirigió directo al área ejecutiva.

—¿Dónde está Helen? —preguntó sin preámbulos.

Nidia, que estaba revisando unos documentos, se quedó rígida al instante. Su espalda se tensó, sus dedos apretaron el borde del escritorio. Había visto a Alexander molesto antes, pero aquello… aquello era diferente. Tragó saliva.

—La vicepresidenta… —empezó, cuidando cada sílaba— está almorzando.

Alexander alzó apenas una ceja. Silencio.

—¿Con quién? —insistió.

—Con Jonathan Miller, señor.

El aire cambió.

No fue algo visible, pero todos en el piso ejecutivo lo sintieron. Como si la temperatura descendiera de golpe. Como si alguien hubiera liberado un gas invisible, letal. Conversaciones murieron en seco. Teclados dejaron de sonar.

Lukas el asistente secundario, que estaba unos pasos detrás, levantó la mirada. Aquellos ojos azules, normalmente tranquilos, se oscurecieron peligrosamente. Conocía ese gesto de Alexander, esa quietud antinatural antes del estallido. Lukas no dijo nada, pero su mandíbula se tensó. Aquello no iba a terminar bien.

Alexander no respondió. Simplemente se dio la vuelta y caminó hacia la salida.

 El demonio había despertado.

 Entre tanto. El restaurante era todo lo contrario.

Elegante, sobrio, cuidadosamente diseñado para la élite. Manteles blancos, copas de cristal, luz cálida filtrándose por ventanales amplios. Un pianista tocaba suavemente al fondo. El murmullo educado de conversaciones importantes flotaba en el ambiente como una melodía constante.

Helen estaba sentada frente a Jonathan Miller. Vestida con sobriedad impecable, elegante sin esfuerzo. Sonreía con cortesía mientras hablaban de números, proyecciones y estrategias. Jonathan parecía cómodo… demasiado cómodo.

— Definitivamente si no estuvieras casada, no descansaría hasta lograr conquistarte. — Helen sonríe al escuchar aquello

— Pero la realidad es distinta, estoy casada.

— Pero Helen ¿Sabes que la esperanza es lo último que se llega a perder?

— ¿A que te refieres? — la mujer bebe del vino que tiene por delante.

— Que voy a ser paciente, te quiero Helen, respetaré tu matrimonio, pero también si Alexander se descuida y te deja, seré el primero en luchar por ti, además se que no voy a ser el único.

Entonces la puerta se abrió. El sonido fue seco. Demasiado fuerte para un lugar así.

Algunos comensales voltearon. El murmullo se apagó poco a poco. Alexander entró como si el restaurante fuera una extensión más de su territorio. Su presencia arrasó con la calma del lugar. Caminó directo hacia la mesa. Jonathan fue el primero en levantar la vista. Su sonrisa se congeló.

 Alexander se detuvo frente a ellos, colocó una mano sobre el respaldo de la silla de Helen y, con voz baja pero dominante, cargada de un sarcasmo venenoso, dijo:

 —Espero que esté disfrutando el almuerzo con mi esposa, señor Miller.

La palabra esposa cayó como una sentencia.

Jonathan abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Varias miradas curiosas se clavaron en la escena.

Alexander no le quitó los ojos de encima, disfrutando cada segundo de su incomodidad.

—Qué descuido el mío —añadió, ladeando apenas la cabeza—. Tal vez olvidó ese pequeño detalle. — Era evidente que Jonathan molestaría a Alexander.

Sin pedir permiso, Alexander tomó la silla vacía y se sentó junto a Helen, invadiendo su espacio con una posesividad brutal, deliberada. Su brazo rozó el respaldo de su silla, marcando territorio.

Helen no se inmutó. Ni una sola expresión cambió en su rostro. Tomó con calma su copa, dio un pequeño sorbo y entonces se inclinó apenas hacia él, lo suficiente para que solo Alexander pudiera escucharla.

—Nadie sufre de Alzheimer aquí —susurró, con voz suave, casi acariciadora—. No es necesario que repitas que soy tu esposa. —Hizo una breve pausa, calculada. —Lo que puedes hacer… es decir que es un contrato.

La voz de Helen le recorrió la piel como un escalofrío.

Alexander sintió un pinchazo seco en la cabeza, una presión repentina, como si algo invisible se activara dentro de él. Aquella voz. Siempre aquella voz. Tranquila, firme, peligrosa. Un detonante que no entendía pero que lo descolocaba más de lo que estaba dispuesto a admitir. Era como si aquella suave voz, aquella manera de hablar de Helen lo hubiera transportado al pasado.

Por un segundo solo uno perdió el control de su respiración.

Luego volvió a endurecerse.

Jonathan, atrapado entre ambos, entendió entonces que no estaba presenciando una simple escena de celos… sino una guerra silenciosa, donde el poder, el matrimonio y los contratos se mezclaban de forma letal. Y Alexander no tenía ninguna intención de retroceder. 

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