Mundo ficciónIniciar sesiónEl vehículo avanzaba en silencio, cortando la ciudad con la suavidad mecánica de un depredador elegante. El interior era sobrio, costoso, hermético. Demasiado. Helen miraba por la ventana, el reflejo del cristal devolviéndole un rostro impasible... hasta que habló.
—¿Cuál es tu problema, Alexander? —preguntó sin mirarlo—. ¿Cuál era la necesidad de montar ese espectáculo? ¿Dejar en claro que somos esposos frente a todo el restaurante?
Alexander apretó la mandíbula. Sus manos firmes sobre el volante. No respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz fue baja, densa, cargada de veneno. —Porque nadie —dijo despacio— tiene derecho a tocar, mirar o siquiera pensar que la esposa de Alexander Lacrontte puede ser vista como disponible. — Giró apenas el rostro hacia ella, lo suficiente para que ella sintiera el peso de su mirada. —Lo que es mío, me pertenece. —Hizo una pausa mínima, cruel. —Mis juguetes me pertenecen a mí.
El impacto fue físico. Algo dentro de Helen se quebró con un sonido seco, invisible pero definitivo. No hubo lágrimas. No hubo temblor. Solo una quietud peligrosa... y luego el movimiento.
¡SLAP!
La bofetada resonó dentro del vehículo como un disparo. Alexander giró la cabeza por la fuerza del golpe. Por un segundo, incrédulo. Por otro, furioso. Helen respiraba agitada, los ojos encendidos, la voz firme, afilada como una hoja recién pulida.
—Estoy harta —escupió—. Harta de este juego enfermo. —Se inclinó hacia él, sin miedo. —Quieres hacerte ver como el esposo ejemplar cuando tienes una amante esperándote en la sombra. ¿Sabes qué? Ve y hazle escenas a ella, al amor de tu vida. Y déjame a mí en paz. —Alexander abrió la boca, pero Helen no le permitió hablar. —Esto se acabó —continuó—. No vuelvas a insultarme. No vuelvas a llamarme juguete. Porque no me va a importar destruir LACRONTTE Y CUROSSU ALLIANZ pieza por pieza... aunque yo caiga con ellos.
El vehículo seguía en marcha, pero el mundo dentro se había detenido.
—No te metas en mi vida —dijo con voz más baja, más peligrosa—. Ni con quién almuerzo, ni con quién hablo. Y tienes prohibido volver a recalcar que somos esposos como si fuera un trofeo que puedes exhibir cuando te conviene.
Alexander la miraba ahora con algo nuevo en los ojos: no control... alerta. Helen sonrió. No con dulzura. Con dominio.
—Es evidente que soy tu esposa. No necesito que lo repitas —añadió—. Tengo los conocimientos, los contactos y la fuerza suficiente para jugarte de igual a igual, Alexander. —Se enderezó, impecable, majestuosa. —No lo olvides —sentenció—. Fui educada para ser esposa... —Lo miró de frente.—Pero también para gobernar.
El silencio que siguió fue absoluto.
—Una sola falta de respeto más —concluyó—, tuya o de tu amante, y destruyo todo. La empresa. La alianza. La fachada perfecta de este matrimonio. Todo. —Respiró hondo. —Y no me importa si yo también soy destruida en el proceso.
Alexander no respondió.
Por primera vez desde que la conocía, entendió algo con claridad brutal: Su esposa estaba enfurecida como si un demonio hubiera despertado.
—No estás en posición de darme órdenes.
— Cállate que no quiero escucharte, no quiero oír la simpleza de tus estúpidas palabras. Ya tengo bastante con estar aquí en tu presencia.
— Nada será como tu quieres, estás advertida Helen — el ambiente se volvió insoportable dentro del vehículo, pero antes de que se dijeran algo más el teléfono de Alexander suena, era una llamada de su padre.
— Te dejaré en el Pent-house. No quiero problemas Helen, tengo asuntos que resolver con mi padre. — No me importa mientras más rápido desaparezcas de mi vista mejor. — el hombre ejerce más fuerza en el volante
—Helen, estás jugando con fuego y...
— Deja de amenazarme Alexander, estoy cansada, tú ya estas advertido, no se metan conmigo.— Una vez el automóvil se detuvo Helen baja sin mirar atrás.
Al momento en que la mujer entra, arruga la frente y la nariz, la fragancia para ella rea repugnante.
"Esto está lejos de ser un hogar" murmura para ella misma "¿Un hogar? ¿Cómo podría ser un hogar si mi esposo vivirá aquí con su amante?"
— Ya veo que estás aquí — Helen aprieta los puños y lentamente se da la vuelta, sus miradas se encuentran — Dime ¿Qué se siente que este lugar no es tuyo, que aquí será el nido de amor de la persona con quien estas casada y el amor de su vida? Helen, mi ingenua Helen, si yo fuera tú, no estaría aquí.
— Diría que es un placer verte, pero las amantes no se merecen cortesías — Ailén se molesta de manera inmediata. — Mejor dime tú, Ailén ¿Qué se siente no poder vivir tu amor en paz y dejar las sombras porque el hombre no es capaz de luchar por su amor y dejar el liderazgo de su Empresa?
— Cállate Helen.
— Una simple amante no puede callar a la esposa, porque podrás escoger todo de este lugar, pero estás aquí porque piensan que vivirá conmigo, ante los ojos de los demás esto es mío, como todo lo demás como hasta el propio Alexander.
Helen sonríe con lentitud, una sonrisa peligrosa, cargada de certeza.
—Te lo diré de una vez, Ailén —su voz baja, firme, sin temblar—. No te metas conmigo. Porque puedo tolerar muchas cosas... pero no a una mujer que olvida su lugar. Si cruzas esa línea, haré que salgas de este pent-house por la misma puerta por la que entraste: sin nada. Y créeme, sé perfectamente cuánto sufrirías lejos del lujo, lejos de las joyas, de las vistas, de todo aquello que te hace sentir importante cuando en realidad no lo eres.
Los ojos de Ailén arden. La verdad le cala hondo, demasiado.
—Eres una maldita arrogante —escupe, perdiendo el control—. Te crees intocable solo por un papel. Pero yo soy la mujer que ama, y esa es tu peor tortura Helen.
En un arrebato de furia, Ailén se lanza sobre ella. Sus uñas buscan el rostro de Helen, arañando con odio, deseando marcar esa belleza que tanto detesta.
—¡Eres tú la que no debe meterse conmigo si valoras tu vida, Helen! —gruñe, fuera de sí.
Pero no alcanza a reaccionar.
Helen la toma del cuello con rapidez, con una fuerza que Ailén no esperaba. La empuja contra la pared, sus miradas se clavan una en la otra, pero solo una de ellas domina la escena.
—Escúchame bien —dice Helen, apretando lo justo para que Ailén sienta el miedo—. En tu miserable vida de amante, vuelves a tocarme la cara... y ten por seguro, Ailén, que tendrás noticias mías. Y te prometo que no serán buenas.
Inclina el rostro, su voz se vuelve un susurro letal.
—Y no —continúa—, ni siquiera mi marido podrá defenderte.
Helen la suelta de golpe. Ailén queda sin aliento, temblando, consciente por primera vez de que no está jugando con una esposa ingenua... sino con una mujer que sabe exactamente cuánto poder tiene y no duda en usarlo.







