MUY INTERESADO EN ELLA

La mañana en Suiza amanecía con una precisión casi ceremonial. El sol se filtraba entre los Alpes como una promesa dorada, reflejándose en los ventanales de cristal del edificio corporativo en Zúrich. Todo parecía medido, silencioso, perfecto… como Helen.

Ella avanzaba por la sala de juntas con una seguridad que no necesitaba anunciarse. Su cabello rojo, impecablemente peinado, estaba recogido en una coleta alta que dejaba al descubierto la línea firme de su cuello. Cada paso suyo tenía intención. Sus ojos avellana —Hazel, profundos y brillantes— no solo cautivaban; también intimidaban. Eran la mirada de alguien que veía más allá de las palabras, que calculaba, que ganaba.

Vestía un traje blanco de líneas limpias y elegantes, símbolo de autoridad y pulcritud, que contrastaba con la calidez de su piel y la intensidad de su presencia. No llevaba adornos innecesarios: Helen no los necesitaba. Su inteligencia llenaba el espacio.

Frente a ella, los representantes de Westbridge Holdings, una poderosa empresa estadounidense, aguardaban el cierre definitivo. El CEO, Jonathan Miller, un hombre de porte impecable y sonrisa entrenada, no pudo evitar observarla con una mezcla de admiración profesional y personal.

Helen escuchó la última cláusula, asintió apenas un segundo y entonces estampó su firma con decisión. El sonido seco del bolígrafo al posarse sobre el papel selló el acuerdo. Un contrato internacional cerrado gracias a su mente estratégica, su temple y su liderazgo indiscutible.

—Es un placer hacer negocios con usted, señora Lacrontte —dijo Jonathan Miller, estrechando su mano—. Debo decir que no todos los días se encuentra a una mujer tan brillante… y tan hermosa. Quizás yo no sea él único que le tenga envidia a Alexander por la mujer que tiene.

Helen sostuvo su mirada sin titubear, con una sonrisa sutil, medida.

—Gracias, señor Miller. Para mí, los buenos negocios siempre son cuestión de visión compartida. Y con respeto a mi marido y la envidia no sabría responder — Aunque ella ya se había sonrojado.

Él aprovechó el instante, consciente de que momentos como aquel no se repetían. No todos los días podrás tutear a la mujer del hombre más respetado de Suiza.

—Espero que me permita invitarla a almorzar. Para celebrar este cierre como se merece.

A unos pasos de distancia, Lukas, el segundo asistente de Alexander, observaba la escena en silencio. Llevaba meses trabajando cerca de Helen, admirándola desde la discreción. Su amor por ella era un secreto cuidadosamente guardado, una mezcla de respeto profundo y sentimientos que jamás se había atrevido a nombrar. Verla allí, radiante y poderosa, le provocó un nudo silencioso en el pecho. Nunca cruzaría aquel límite y su amor siempre será secreto respetando a Helen y por supuesto a Alexander.

La mujer percibió la invitación, el ambiente, las miradas. Sabía el efecto que causaba, pero no se definía por él.

—Acepto —respondió finalmente, con calma—. Será un placer.

El acuerdo estaba cerrado. El almuerzo pactado. Y la mañana suiza, perfecta y luminosa, parecía haber sido testigo no solo de un triunfo empresarial, sino del magnetismo inevitable de una mujer destinada a dejar huella.

Entre tanto, Ailén West estaba desbordada de emoción. De pie frente a los ventanales infinitos del pent-house, con la ciudad suiza extendiéndose a sus pies como una pintura perfecta, sentía que el mundo entero les pertenecía. Los Alpes se erguían majestuosos, coronados de nieve, y el lago brillaba abajo como una promesa eterna. El cielo parecía más cercano allí arriba, tan limpio y vasto que dolía mirarlo.

Ella se giró y abrazó a Alexander con fuerza, como si temiera que aquel instante pudiera escapársele de las manos.

—Te amo… —susurró, con la voz cargada de ilusión, hundiendo el rostro en su pecho—. ¿Puedes creer que esto es real? Mira este lugar, Alex… es hermoso, es perfecto. Nuestro refugio. Te agradezco que me permitas formar parte de él.

Alexander rodeó su cintura con un brazo, pero su atención se desvió un segundo cuando su teléfono vibró. La pantalla se iluminó con una notificación breve y precisa:

Helen Lacrontte ha cerrado con éxito un nuevo contrato.

Ailén lo notó. Siempre lo notaba.

Sus ojos se endurecieron apenas un instante, aunque enseguida forzó una sonrisa. Sin pensarlo demasiado, tomó el rostro de Alexander entre sus manos, obligándolo a mirarla. Su voz salió dulce, casi teatral, pero había algo falso, ensayado, en cada palabra.

—Helen no merece pasar por la humillación de vivir aquí con nosotros —dijo despacio—. Alex… no es buena idea. Debe ser doloroso despertarte cada mañana y encontrar al amor de la vida de tu esposo bajo el mismo techo.

Alexander se separó de ella con un movimiento contenido. Se enderezó, y sus ojos azules, fríos e intimidantes, se clavaron en los de Ailén con una firmeza que la hizo estremecerse.

—Ailén, conoces nuestra situación —respondió con voz baja, controlada—. No podemos arriesgarnos. No puedo arriesgar mi figura pública. Sabes perfectamente bajo que reglas y normas regimos,

Las palabras cayeron como un golpe seco.

Ailén sintió cómo algo se rompía dentro de ella. Sus labios temblaron, sus ojos se llenaron de lágrimas y, sin poder contenerse, rompió en llanto, un llanto ruidoso, desesperado, que contrastaba cruelmente con la perfección del lugar.

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