Las órdenes del rey se ejecutaron con la precisión de una maquinaria antigua.
Primero fueron por su hermano.
Dos guardias entraron en sus aposentos sin dar explicaciones, lo escoltaron por los pasillos ante las miradas confundidas de los sirvientes y lo condujeron hacia los calabozos del ala este. Él exigía respuestas, hablaba del honor de su casa, del error evidente, pero nadie respondía.
Después fue Mariel.
La joven sirvienta apenas comprendía lo que ocurría, sus manos temblaban mientras repe