Gabriel
Isa me mira fijamente desde el centro de mi oficina, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada y ese brillo temerario en los ojos que siempre aparece cuando está a punto de desafiarme.
Pero esta vez hay algo más.
Algo que no había visto nunca en su mirada.
Duda.
—¿Esto es un juego? —repite, más despacio, como si cada palabra le pesara en la lengua.
Por un segundo, se me olvida respirar.
No esperaba que lo preguntara tan directo. No esperaba que lo dijera mirando mis o