Gabriel
Isa me mira fijamente desde el centro de mi oficina, con los brazos cruzados sobre el pecho, la mandíbula apretada y ese brillo temerario en los ojos que siempre aparece cuando está a punto de desafiarme.
Pero esta vez hay algo más.
Algo que no había visto nunca en su mirada.
Duda.
—¿Esto es un juego? —repite, más despacio, como si cada palabra le pesara en la lengua.
Por un segundo, se me olvida respirar.
No esperaba que lo preguntara tan directo. No esperaba que lo dijera mirando mis ojos, sin pestañear, sin desviar la mirada. Y por un instante, uno minúsculo, absurdo, siento que algo en mi pecho se contrae.
Un juego.
Si ella supiera.
Si supiera cuánto de todo esto empezó como una estrategia, como una jugada fría y necesaria para destruir a su padre, para entrar por la puerta que siempre me cerraron… si supiera que al principio no era más que un plan milimétrico… probablemente me escupiría en la cara.
Pero ahora…
Ahora no es tan simple.
Me acerco un paso. Ella no retrocede.
—