No sé cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que miré el reloj.
Aquí arriba no hay manera de medir las horas. La luz entra por una ventana alta, estrecha, siempre gris, como si el mundo exterior existiera en otra dimensión que ya no me pertenece. A veces el silencio es tan denso que me duele la cabeza; otras, se rompe con pasos, voces lejanas, el crujido de la madera bajo un peso que no puedo ver.
Estoy sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas sobre las rodillas. Ya no es