Gabriel
Han pasado veinticuatro horas.
Veinticuatro malditas horas desde que Isabela desapareció y no hay rastro de ella.
Ni una llamada.
Ni una cámara clara.
Ni un error del secuestrador.
Nada.
La oficina está en penumbra, iluminada solo por el brillo azulado de las pantallas. Hay café frío sobre el escritorio, papeles desordenados, mapas abiertos, líneas rojas marcadas sobre la ciudad como si alguien hubiera intentado destriparla desde arriba. No recuerdo la última vez que dormí. Tampoco me