Gabriel
Han pasado veinticuatro horas.
Veinticuatro malditas horas desde que Isabela desapareció y no hay rastro de ella.
Ni una llamada.
Ni una cámara clara.
Ni un error del secuestrador.
Nada.
La oficina está en penumbra, iluminada solo por el brillo azulado de las pantallas. Hay café frío sobre el escritorio, papeles desordenados, mapas abiertos, líneas rojas marcadas sobre la ciudad como si alguien hubiera intentado destriparla desde arriba. No recuerdo la última vez que dormí. Tampoco me importa.
El cansancio no me vence.
La rabia sí me mantiene en pie.
—Repítelo —gruño, apoyando las manos en el escritorio.
El hacker no levanta la vista del monitor. Tiene los ojos rojos, los dedos manchados de tinta, el cuello rígido por horas sin moverse.
—Todas las cámaras de tránsito en un radio de treinta kilómetros —dice—. Estacionamientos, peajes, avenidas principales, secundarias. La policía ya revisó lo evidente. Yo fui más abajo. Nada.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele.
Nada.
La p