Isa
Cierro la puerta de la habitación con cuidado, como si el silencio pudiera romperse si la empujo demasiado fuerte.
Mis manos todavía tiemblan.
No lloro.
Eso es lo que más me asusta.
Me apoyo contra la madera, dejo caer la frente unos segundos y respiro. El aire entra, sale, pero no alcanza. Nada alcanza cuando lo que duele no es el cuerpo, sino algo mucho más profundo, algo que no se ve pero que sangra igual.
Camino hasta la cama y me siento despacio, como si mis piernas no terminaran de re