Isa
Cierro la puerta de la habitación con cuidado, como si el silencio pudiera romperse si la empujo demasiado fuerte.
Mis manos todavía tiemblan.
No lloro.
Eso es lo que más me asusta.
Me apoyo contra la madera, dejo caer la frente unos segundos y respiro. El aire entra, sale, pero no alcanza. Nada alcanza cuando lo que duele no es el cuerpo, sino algo mucho más profundo, algo que no se ve pero que sangra igual.
Camino hasta la cama y me siento despacio, como si mis piernas no terminaran de responderme. Todo aquí tiene su olor. Su orden. Su mentira.
Gabriel.
Cierro los ojos y su voz vuelve a mí sin permiso. La forma en que me miró. La manera en que se quedó en silencio cuando más necesitaba que hablara. Esa fue su verdadera respuesta.
—No más —murmuro, en voz baja.
No más hombres decidiendo por mí.
No más silencios disfrazados de protección.
No más juegos donde siempre soy la ficha que se mueve, nunca la mano que mueve.
Me pongo de pie de golpe, como si quedarme quieta fuera peligros