Gabriel
No hay nada más ensordecedor que una casa en silencio después de una pelea.
La mansión nunca había estado tan quieta.
No es la calma elegante de siempre, ni el orden pulcro que tanto me obsesiona. Es otra cosa. Una quietud rota. Como si las paredes supieran que algo se quebró y ahora no se atrevieran a respirar.
Estoy en el estudio, con la puerta cerrada, las luces apagadas y la frente apoyada contra el vidrio frío del ventanal.
Isabela.
Su nombre me atraviesa como un golpe seco en el