Gabriel
No hay nada más ensordecedor que una casa en silencio después de una pelea.
La mansión nunca había estado tan quieta.
No es la calma elegante de siempre, ni el orden pulcro que tanto me obsesiona. Es otra cosa. Una quietud rota. Como si las paredes supieran que algo se quebró y ahora no se atrevieran a respirar.
Estoy en el estudio, con la puerta cerrada, las luces apagadas y la frente apoyada contra el vidrio frío del ventanal.
Isabela.
Su nombre me atraviesa como un golpe seco en el pecho.
No puedo sacarme de la cabeza su mirada cuando entendió. No su rabia —eso lo merezco—, sino la decepción. Esa fue la que me destruyó. La forma en que me miró como si, de pronto, yo fuera solo otro hombre más que decidió usarla.
Me paso una mano por el rostro.
Joder.
Nunca quise que pasara así. Nunca quise que se enterara de esta manera. Nunca quise verla romperse frente a mí por algo que empezó mucho antes de que ella existiera en mi vida.
Y aun así, fui yo quien le ocultó la verdad.
Yo.