Isa
La mansión está en silencio.
No es un silencio cómodo. Es uno de esos silencios que parecen ordenados, limpios, casi elegantes… pero que esconden algo debajo. Como si las paredes respiraran despacio, conteniendo un secreto que aún no termina de salir.
Camino descalza por el pasillo principal, con una taza de café entre las manos, sintiendo el mármol frío bajo los pies. Todo está en su lugar. Demasiado.
La seguridad funciona.
Las cámaras parpadean.
Los hombres de Gabriel están ahí afuera.
Y aun así, no logro relajarme.
Me detengo frente a uno de los ventanales que dan al jardín trasero. El mismo lugar donde anoche apareció la nota.
Disfrútala mientras puedas, porque será mía.
Trago saliva.
Cierro los ojos un segundo y la imagen vuelve con una claridad incómoda: Gabriel leyendo el papel, la furia en su cuerpo, el cambio inmediato en su mirada. El grito. La forma en que reaccionó.
No conmigo.
Por mí.
Me protege.
Pero también… me esconde cosas.
Ese pensam