Gabriel
Dejó a Isabela en la habitación y me encargo de comprobar yo mismo la seguridad de cada habitación.
Además le doy órdenes explícitas a mis empleados de que, si algo le pasa a mi esposa, van a rodar más de una cabeza.
Con esas palabras flotando en el aire me doy media vuelta y salgo de la mansión sin mirar atrás.
No porque no me importe lo que dejo dentro, sino porque si lo hago, no voy a llegar a donde tengo que llegar.
El aire de la mañana es frío, demasiado limpio para el caos que llevo en el pecho. Aprieto el volante con más fuerza de la necesaria mientras conduzco hacia la empresa, pero no subo al piso ejecutivo. No entro a mi oficina. No saludo a nadie.
Voy directo al ala oeste.
A su oficina.
Empujo la puerta sin anunciarme.
Adrián levanta la cabeza desde detrás del escritorio.
—¿Qué estás ha…?
No termina la frase.
Lo agarro por las solapas de la camisa y lo estampo contra la pared con un golpe seco que hace vibrar los cuadros. El sonido del impacto resuena en la oficina