Han pasado dos días desde la nota.
Dos días completos sin alarmas, sin sobres misteriosos, sin sombras moviéndose donde no deben. Dos días en los que la mansión vuelve a sentirse… habitable. Casi normal.
Casi.
Gabriel está distinto conmigo. Más presente. Más atento. No invasivo, no asfixiante, pero siempre cerca. Como si hubiera decidido que no va a soltarme ni un segundo, aunque no lo diga en voz alta.
Desayunamos juntos. Almorzamos cuando puede. Me pregunta cosas pequeñas: si dormí bien, si me gusta el café más cargado, si prefiero leer en la terraza o en la biblioteca.
Cosas de pareja.
Cosas que deberían tranquilizarme.
Y aun así, hay algo que no termina de asentarse en mi pecho.
Estoy sentada en la sala, con un libro abierto sobre mis piernas que no he leído en los últimos veinte minutos. Afuera, el jardín luce impecable, demasiado perfecto, como si nada malo pudiera ocurrir en un lugar tan cuidado.
Pero yo recuerdo la nota.
Recuerdo el tono de Gabriel cuando gritó esa noche. La f