Isabela
No alcanzo a dar ni dos pasos atrás.
El murmullo de las voces femeninas sigue flotando en el aire del baño como un veneno espeso. Palabras dichas en susurros, pero cargadas de intención. Mi nombre. El de Adrián. El de Gabriel. Zorra. Ambiciosa. Calculadora.
Aprieto los dedos contra el clutch, sintiendo cómo el pulso se me acelera.
Decido irme.
Giro sobre mis talones, intentando salir sin hacer ruido, cuando una mano se cierra alrededor de mi muñeca.
Fuerte. Segura. Con derecho.
Mi respiración se corta.
—No tan rápido, Isabella.
La voz me atraviesa como una cuchilla.
Me giro de golpe y el mundo parece inclinarse un poco cuando lo veo.
Mi padre.
Fabrizio Santorini está ahí, impecable como siempre, traje oscuro, mirada fría, esa sonrisa mínima que nunca anuncia nada bueno. Su mano sigue rodeando mi muñeca como si fuera una extensión natural de su cuerpo.
—¿Qué… qué haces aquí? —pregunto, aunque la respuesta es obvia.
Se inclina un poco hacia mí, lo suficiente para que nadie más e