El papel tiembla entre mis dedos.
No es grande. No es ostentoso. No hay logos ni sellos.
Solo letras negras, firmes, escritas con la seguridad de quien sabe que tiene poder.
Te veías hermosa esta noche.
Y te verás aún más hermosa cuando seas mía.
El aire se me queda atrapado en los pulmones.
Siento un frío extraño subir desde el estómago hasta el pecho, como si alguien me hubiera abierto por dentro y dejado entrar la noche. Mis dedos se aferran al borde de la cama, necesito apoyarme en algo porque de pronto todo parece demasiado inestable.
—No… —susurro, aunque no hay nadie que pueda oírme.
Mis ojos vuelven una y otra vez a las palabras, como si al leerlas de nuevo fueran a cambiar. Como si fueran a desaparecer. Como si pudiera convencerme de que esto no es real.
Pero lo es.
Alguien estuvo cerca.
Alguien lo suficientemente cerca como para rozar mi bolso sin que me diera cuenta.
Alguien que me observó durante toda la gala.
Y lo peor no es eso.
Lo peor es que no sé quién.
El recuerdo de