Gabriel
El aplauso todavía retumba en la sala cuando bajo del escenario.
Sonrío. Asiento. Estrecho manos. Recibo felicitaciones que no escucho.
Porque algo no está bien.
Busco a Isabela con la mirada incluso antes de terminar el último saludo protocolario. Es un gesto automático, instintivo, que no debería significar nada… y sin embargo lo significa todo.
No está.
Recorro el salón con los ojos, rápido, preciso. Cerca del bar. Junto a las columnas. En la mesa donde estaban los directivos. Nada.
Mis ojos buscan a mi hermano y lo encuentro junto a Margaret con cara de haber recibido una patada en los huevos y eso de alguna manera me alivia.
—¿Has visto a mi esposa? —le pregunto a uno de los gerentes sin rodeos.
Niega con la cabeza.
Sigo caminando.
—¿Isabela? —pregunto ahora a una de las mujeres del comité, intentando mantener el tono neutral.
—La vi hace un rato —responde—. Parecía… alterada.
Esa palabra me tensa el estómago.
Alterada.
Acelero el paso.
—Luca —lo intercepto cuando lo veo