Adrian
Los días desde la m4ldita fiesta han pasado como si fueran un castigo, una tortura que mi mente se encarga de recordarme una y otra y otra vez.
—Te juro que la vi, Luca. No estoy exagerando, no fue una alucinación ni una mala pasada de la memoria. Era ella.
Camino de un lado a otro por la sala de mi apartamento, con el vaso de whisky en la mano y el corazón golpeando como si quisiera salirse del pecho. El piso está en penumbra, solo la luz tenue de una lámpara encendida en la esquina y el