Adrian
Los días desde la m4ldita fiesta han pasado como si fueran un castigo, una tortura que mi mente se encarga de recordarme una y otra y otra vez.
—Te juro que la vi, Luca. No estoy exagerando, no fue una alucinación ni una mala pasada de la memoria. Era ella.
Camino de un lado a otro por la sala de mi apartamento, con el vaso de whisky en la mano y el corazón golpeando como si quisiera salirse del pecho. El piso está en penumbra, solo la luz tenue de una lámpara encendida en la esquina y el resplandor de la ciudad colándose por los ventanales.
Mi amigo Luca está sentado en el sofá, con los codos apoyados en las rodillas, mirándome con una mezcla de paciencia y cansancio.
—Lo sé, Adrián —responde con calma—. Me lo has dicho cuatro veces en los últimos diez minutos.
—Pues te lo diré una quinta si hace falta —rebato, apretando la mandíbula—. Está aquí. En la casa. Con Gabriel.
Solo decirlo hace que el estómago se me retuerza.
Luca exhala despacio, pasa una mano por su cabello oscuro.