Isa
No sé cuánto tiempo llevo sentada en el borde de la cama, con las manos entrelazadas y la mirada fija en la puerta.
El silencio pesa demasiado.
Desde que envié el mensaje, cada segundo se estira como una tortura lenta. Mi mente va y viene entre dos extremos: la esperanza absurda de que Gabriel ya haya recibido la ubicación… y el terror absoluto de que algo haya salido mal. Que el mensaje no haya llegado. Que él esté buscándome en el lugar equivocado. Que nunca me encuentre.
Trago saliva.
Si