Gabriel
Luka cree que exagero cuando digo que los días pueden desmoronarse en cuestión de segundos, pero hoy… hoy le demostraría que estaba equivocado.
Salgo de la habitación de Isa después del casi–beso —porque sí, casi la beso, casi hago la estupidez más grande desde que acepté casarme con ella— y lo primero que siento es una mezcla nauseabunda de rabia, confusión y un deseo que no debería existir. No en mí. No hacia ella.
Camino por el pasillo con pasos duros, intentando recuperar el control que perdí cuando la tuve tan cerca que podía sentir su respiración chocando contra mi boca. Idiota. ¿En qué estaba pensando?
Nada. Ese era el problema: dejé de pensar.
Llego a mi estudio y cierro la puerta con un golpe seco. La casa está silenciosa; Giana debe estar en la cocina, los guardias afuera, y ella… ella acostada en esa habitación, recuperándose, respirando, viva. El pensamiento me trae una punzada de alivio tan fuerte que me irrita.
No debería importarme.
No debería importarme.
Pero lo