Isa
Despierto al tercer día de reposo médico con la sensación de estar atrapada en una pecera demasiado pequeña. El vendaje en la cabeza ya no duele, pero la quietud, el encierro, la soledad… eso sí está empezando a volverme loca. Me incorporo con cuidado, respiro hondo y observo la habitación: la mansión Moretti siempre parece un museo, pero cuando estás encerrada en ella tres días seguidos se siente como un mausoleo. Uno donde yo soy la exhibición central.
Me obligo a levantarme, a vestirme y a bajar a desayunar. No tengo idea de si Gabriel estuvo aquí anoche, porque cada vez que pregunto a Giana o a cualquiera de los empleados, simplemente bajan la mirada y dicen: "El señor Moretti salió temprano". No sé si eso es un alivio o una puñalada.
Pero hoy… hoy necesito salir. Necesito aire distinto al perfume de madera pulida y mármol recién encerado. Necesito ver a los niños de la fundación; su barullo siempre logra calmar el mío.
Bajo las escaleras con paso decidido, los tacones resonand