El rugido de la aclamación final era ensordecedor, pero para Isis, envuelta en la túnica blanca y sintiendo el frío metal de la tiara sobre su cabeza, el sonido parecía lejano, amortiguado. La sensación de irrealidad era abrumadora. Un día era una sanadora, al siguiente, una Luna coronada tras un drama de proporciones épicas.
Sech no soltó su mano. El calor firme de su palma era su única ancla a la realidad. Al ver el rostro de Sech, la ferocidad y el desprecio que había mostrado hacia Ayla des