La primavera había teñido de verde los jardines del palacio y el pequeño Alessandro comenzaba a sonreír, respondiendo a las voces y las caras que lo rodeaban. La nueva normalidad era una tela delicada, tejida con hilos de rutina, de cuidados compartidos y de silencios que ya no eran incómodos, sino contemplativos.
Adriano había aprendido a leer el lenguaje del cuerpo de Alexandra, a respetar sus espacios y a ofrecer su apoyo sin imponerse. Pero una pregunta ardía en su interior, una necesidad d