El invierno en Venecia envolvía el palacio en una quietud gélida, pero dentro, en la suite de Alexandra, ardía el fuego de la vida. Los meses habían pasado con una calma tensa. El muro de Alexandra seguía en pie, pero ya no era una fortaleza inexpugnable, sino más bien una cerca alta tras la cual ella cultivaba su jardín interior, protegiendo al ser que crecía en su vientre.
Adriano había cumplido su palabra. No había presionado. Su presencia era un susurro constante de apoyo: un libro dejado s