La tensión tras la visita de Sofia era palpable, un eco silencioso que resonaba en los pasillos del palacio. Adriano se había vuelto más introspectivo, sus miradas hacia Alexandra más largas, más pensativas. Ya no era solo el empresario calculador o el padre sobreprotector; había algo más, una lucha interna que se libraba detrás de sus ojos de ámbar.
Fue en medio de esa tensión cargada de significados que, una mañana de sábado, mientras Alexandra desayunaba con Aurora, él se acercó a la mesa.
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