Capítulo 11. Una oscuridad
Ivy Cross
El agua caliente me envolvía como un abrazo. Llevaba más de veinte minutos sumergida en la bañera rústica de la habitación principal, la que ahora, por decreto divino de Alejandro Cross, era también mi habitación.
Nuestra habitación.
La idea seguía revolviéndome por dentro, como si fuese veneno y néctar a la vez.
Cerré los ojos, con la cabeza recargada contra el borde de piedra. Mis piernas flotaban levemente, y la espuma perfumada cubría apenas lo suficiente para mantener una mínima