Le pedí a Sebastián que me dejara sola, necesitaba lamer mis heridas, y tranquilizarme para poder seguir mintiéndole a mis padres.
Me quedé mirando el techo un rato largo. Las lágrimas se secaron solas en mis mejillas, dejando solo un rastro salado y frío. No podía seguir llorando. No tenía sentido. Lo que tenía que hacer era decidir, de una vez por todas, hasta dónde llegaba mi capacidad de mentir.
Cuando Sebastián volvió a la habitación, casi una hora después.
—Tu mamá está preparando algo l