La cena fue un silencio incómodo. Sebastián comió en la barra de la cocina, yo en la mesita auxiliar del salón con la bandeja que me había preparado. Ninguno dijo más de lo necesario: “¿Quieres más agua?”, “No, gracias”. Como si fuéramos dos extraños compartiendo un espacio por obligación.
Cuando terminé, Volví a la habitación. Me lavé los dientes y me metí en la cama. La habitación olía a limpio, a sábanas recién cambiadas por mi mamá antes de irse. Todo perfecto. Todo falso.
Sebastián volvió