Sebastián no apartó la mirada. Tragó saliva, pero respondió sin titubear.
—En ese momento, lo sé ahora, no lo pensé bien —admitió, con la voz baja pero firme, como si estuviera confesando un pecado en una iglesia—. Debería haber ido con ustedes primero, sentarme con ustedes y pedir la mano de Chloe como se merece. Debería haber seguido el orden correcto, el respeto que se debe. Pero... los enamorados cometen locuras, señor. Y esta fue una de ellas. Fue impulsivo, lo reconozco. Pero no me arrepi