El trayecto de vuelta fue más corto de lo que esperaba. O quizás solo lo sentí así porque el silencio entre nosotros ya no era incómodo. Era denso, sí, pero de los buenos: el tipo de silencio que se llena con pensamientos que todavía no se atreven a salir en voz alta. Sebastián conducía con una mano en el volante y la otra en la palanca de cambios, como siempre. Pero esta vez sus dedos no estaban tensos sobre el cuero. Estaban relajados. Y cada vez que cambiaba de marcha, el dorso de su mano ro