El coche de Sebastián estaba estacionado justo frente al portal, negro, reluciente, con ese aire discreto pero caro que todo lo que él conducía parecía tener. No era uno de esos deportivos chillones; era un sedán elegante, silencioso, del tipo que no grita riqueza sino que la susurra. Abrió la puerta del copiloto antes de que yo pudiera alcanzarla.
Me abrió la puerta y me invitó a subir.
Entré. El interior olía a cuero nuevo y a su colonia, esa mezcla que ya empezaba a asociar con él. Me acomod