El silencio después de que se cerrara la puerta del despacho fue absoluto. Ni un ruido de teclas, ni un suspiro, nada. Solo el zumbido del aire acondicionado y el tic-tac lejano del reloj de pared en el salón. Eran las doce y media del mediodía. El sol entraba a raudales por los ventanales, iluminando el polvo que flotaba en el aire como si fuera oro en suspensión.
Me quedé un rato en el pasillo, mirando esa puerta cerrada como si pudiera atravesarla con la mirada. Luego suspiré y me dirigí al