Sebastián abrió la puerta antes de que yo pudiera procesar del todo sus palabras. Su mano izquierda fue directa al pomo, la derecha se posó, sin previo aviso, en la parte baja de mi espalda. No fue un gesto romántico. Fue práctico. Controlador. Como si necesitara recordarme mi lugar en esta coreografía que estábamos a punto de interpretar.
El contacto me atravesó como una corriente baja pero persistente. La tela fina de mi camiseta no era barrera suficiente contra el calor de su palma abierta.