El sol ya estaba alto cuando por fin me moví del sitio.
No sabía exactamente cuántas horas había pasado frente a esa ventana, mirando cómo Madrid despertaba mientras yo me sentía atrapada en una noche que no terminaba. El té de jengibre se había enfriado por completo en la taza. Ni siquiera lo había probado.
Me obligué a comer algo. Una tostada con aguacate y un poco de fruta. Lo hice mecánicamente, sin hambre real, solo porque sabía que tenía que alimentarme por él. Por el bebé. Cada bocado me