Los días siguientes a esa visita se volvieron más pesados, no más ligeros.
Pensé que verlo me traería algo de cierre, pero solo consiguió abrir más heridas. Su olor había vuelto a impregnar el apartamento por unas horas y, cuando se fue, el vacío se sintió aún más grande. El osito gris permanecía en mi mesilla de noche, mirándome cada mañana como un recordatorio silencioso de lo que estábamos perdiendo.
Pasaron tres semanas.
Tres semanas en las que aprendí a convivir con la ausencia de Sebastiá