Me quedé sentada en la cama mucho tiempo después de que sus pasos se alejaran.
No escuché la puerta principal cerrarse. No escuché el ascensor. Solo el silencio. Un silencio tan denso que parecía tener peso propio, como si ocupara todo el espacio que Sebastián acababa de dejar vacío.
Me llevé las manos al vientre y lo acaricié despacio, casi como pidiendo perdón. O tal vez buscando consuelo. No lo sabía.
—Lo siento, mi amor… —susurré, aunque no estaba segura de a qué me refería exactamente. Si