Se quedó ahí un segundo más. Luego, sin esperar respuesta, volvió a su taburete, tomó el tenedor y siguió comiendo como si no acabara de dejar una bomba en medio de la cocina.
Yo me quedé petrificada, con la mano todavía temblando cerca de la boca donde había rozado mi labio. No pude mirarlo. Ni un segundo más. Bajé la vista al plato, a la tostada que parecía de piedra, al café frío que ya no humeaba. El silencio se hizo espeso, solo roto por el leve roce de su tenedor contra la porcelana.
Él t